El pacto C.N.T.-U.G.T. Madrid el 3 de septiembre de 1920


Hombres e Historia (4)

La derrota

Joaquín Maurín


Unos meses después de celebrarse el II Congreso de la Confederación Nacional del Trabajo, libre ya del servicio militar, la organización obrera de Lérida me nombró secretario provincial y director del semanario “Lucha Social”.


Lérida era entonces (1920) una ciudad de unos 30.000 habitantes, centro geográfico y económico de una de las regiones más fértiles de España. Incluso una gran parte de la provincia de Huesca - la ribera del Cinca- estaba vinculada comercialmente a Lérida.


Asentada graciosamente entre dos montículos a la vera del caudaloso Segre, Lérida era entonces una ciudad más comercial y agrícola que industrial; pero en la provincia de Lérida se encontraban las grandes centrales hidroeléctricas que abastecían de energía a Barcelona. Para la C.N.T. era de gran importancia extender y fortificar la organización en Lérida y su provincia. La famosa huelga de «La Canadiense(1919) se había iniciado allí. 
  
La labor que me fue confiada me satisfacía. Temperamentalmente, cuando joven, me sentía un hombre de acción. Y me encantaba ir de un lugar a otro como propagandista y organizador.

En Lérida, la capital, contaba con un núcleo de colaboradores, entusiastas e incansables, entre los cuales, destacándose, Pedro Bonet, con cuya valiosa cooperación, “Lucha Social” fue uno de los periódicos sindicalistas más interesantes de aquellos tiempos.

Durante medio año aproximadamente - verano y otoño de 1920 - el trabajo de propaganda y organización fue intensísimo. No dejábamos pueblo o aldea sin visitar, «propagandear» y organizar sindicalmente. Cuando había que efectuar una jira de cierto alcance, el Comité Regional nos enviaba refuerzos. Así, vinieron de Barcelona Andrés Nin y José Viadiu, excelentes oradores los dos, y durante el mes de agosto hicimos una serie de mítines en las principales poblaciones de la provincia, internándonos, al final de la excursión, en la provincia de Huesca, en donde se incorporó a nuestro grupo Ramón Acin.

A fines de otoño, la provincia de Lérida, en líneas generales, estaba organizada sindicalmente. El crecimiento había sido rápido y necesitaba consolidarse.

Esos meses de vivir con el movimiento obrero por dentro fueron para mi extraordinariamente útiles desde un punto de vista moral. Descubrí, soterrado, todo aquello que constituye la grandeza del pueblo español: laboriosidad, nobleza, honradez, espíritu de sacrificio, generosidad, entereza, dignidad, heroísmo... Aquellos obreros y campesinos de Lérida que en 1920-21 fueron mis compañeros, eran una muestra inequívoca del conjunto del movimiento obrero español.

Mientras en Lérida y su provincia el movimiento sindicalista iba creciendo de  ese modo y el proceso era el mismo en el resto del país, en Barcelona se estaba librando una guerra sorda, pero encarnizada, entre la dirección de la C.N.T. y la organización patronal.

El capitalismo catalán se había desarrollado a un ritmo superior a lo que era normal durante los años de la primera guerra mundial (1914-18). El movimiento obrero también había crecido vertiginosamente y la aparición del Sindicato de Industria (“Sindicato Unico”) dio a la clase trabajadora una fuerza a la que la clase patronal no estaba acostumbrada.

En el curso de los meses que siguieron a la terminación de la guerra mundial, se produjo un descenso en el ritmo económico en Cataluña, y en el verano de 1920 la situación era ésta: una clase patronal en crisis por haberse restringido los mercados y un movimiento obrero combativo y bien organizado.

El movimiento obrero español - sin que él se diera cuenta de ello - experimentaba los vaivenes del movimiento obrero europeo, al que la Revolución rusa (1917) había dado un impulso enorme. En 1919, la clase trabajadora de la Europa continental - Alemania, Austria, Hungría, Polonia, Francia, Italia y España - pudo haber tomado fácilmente el poder político y económico. Un tal acontecimiento histórico hubiese colocado a Rusia. - que había hecho una revolución prematura - en un segundo plano, pues la hegemonía y dirección en Europa hubiesen correspondido al Occidente industrial, democrático y civilizado.

Por una serie compleja de razones que no es del caso exponer aquí, el movimiento obrero de Occidente no supo comprender la importancia del momento histórico - la responsabilidad principal recae en la socialdemocracia alemana - y perdió una oportunidad que ya no se le presentaría nunca más. El resultado de esa incapacidad global del movimiento obrero europeo fue, a no tardar, el fascismo, el estalinismo, el hitlerismo, la guerra civil española y, finalmente, la segunda guerra mundial.

En 1919, las clases conservadoras estaban a la defensiva en toda Europa. En 1920, ya habían fortalecido sus posiciones y empezaban a contraatacar.

A cuarenta años de distancia, en amplia perspectiva, es fácil ver cómo lo que ocurrió en España en el otoño de 1920 no era más que un eco directo de lo que sucedió al mismo tiempo en Europa: la derrota del movimiento obrero. 

A fines de verano (1920), el Comité Nacional de la C.N.T., dándose cuenta de que iba a librarse una batalla temporalmente decisiva entre la burguesía industrial y el sindicalismo obrero, decidió buscar un apoyo en la Unión General de Trabajadores. Apenas habían transcurrido nueve meses desde el Congreso de la Comedia en que la C.N.T, había acordado declarar “amarilla” a la U.G.T. y absorberla...

Los líderes sindicalistas se presentaron inesperadamente en Madrid a parlamentar con dos líderes socialistas.
El pacto C.N.T.-U.G.T. se firmó en Madrid el 3 de septiembre de 1920. Por la Confederación Nacional del Trabajo lo firmaban: Evelio Boal (secretario del Comité Nacional), Salvador Seguí y Salvador Quemades. Por la Unión General de Trabajadores: Francisco Largo Caballero, Francisco Núñez Tomás, Manuel Cordero, Luis Fernández, Juan de los Toyos y Lucio Martínez Gil.

Esta rectificación brusca de lo acordado en el II. Congreso --«absorción» de la U.G.T.-, no fue comprendida por la base de la C.N.T., y los líderes que concibieron el Pacto y lo firmaron fueron criticados y moralmente descalificados. Incluso Asturias, que en el II Congreso había criticado la «absorción» y defendido la «fusión», no aceptaba el Pacto hecho precipitadamente desde arriba.

En cuanto a la U.G.T., que ni remotamente había sido absorbida, no se sentía interiormente muy dispuesta a defender a los que meses antes habían escrito con gran estruendo su esquela de defunción.
Lo que el Comité Nacional de la C.N.T. temía, se produjo en noviembre.

La burguesía industrial catalana concentrada en Barcelona era una gran fuerza económica, pero una débil fuerza política. Entre paréntesis: la burguesía catalana siempre ha sido infantil o estúpida en política. El Gobierno central estaba en manos del partido conservador, a la reaccionaria de los terratenientes, usufructuarios del poder desde la Restauración (1874).

Durante todo el año 1920, las clases patronales catalanas no cesaron de pedir al Gobierno un baño de sangre sindicalista. El Gobierno, presidido por un vejestorio reblandecido, Eduardo Dato, titubeaba. En el seno del gabinete se manifestaban dos tendencias: la de los ministros que se oponían a los deseos represivos de la burguesía industrial catalana y la de que los aceptaban. Finalmente, el Gobierno, presionado por el Ejército, capituló. El gobernador de Barcelona, Federico Carlos Bas, presentó la dimisión porque «no quería ser un gobernador asesino» (fueron sus palabras textuales a una delegación sindicalista que se entrevistó con él). Le sustituyó el candidato de la clase patronal,el general Martínez Anido, recayendo el nombramiento de jefe de policía en  el general Miguel Arlegui. Uno y otro, Martínez Anido y Arlegui, pertenecían a ese tipo de militares españoles vesánicos, que despues de haber hecho horrores en Cuba y Marruecos, ansiaban repetirlos en la propia España. Los dos eran personajes lombrosianos: criminales natos.
Inmediatamente fueron apresados la mayoría de los dirigentes sindicalistas e hizo su aparición fulminante la banda de asesinos patronal-policía titulada  “Sindicato Libre». Simbólicamente, su primera víctima fue un hombre admirable, Francisco Layret, abogado de sindicatos y diputado a Cortes republicano. Fue asesinado en pleno día, en la puerta de su casa. Quedaba iniciada la fase de terror que alfombró de cadáveres las calles de Barcelona.

Los dirigentes sindicalistas detenidos llenaron las cárceles de Barcelona y las esgástulas de Montjuich. Como no había espacio para todos,  un grupo importante fue enviado al castillo de la Mola (Menorca) y  otros, formando cuerdas como si  fueran galeotes, fueron transferidos a pie a diferentes prisiones de la Península.
Decapitada la C.N.T., los supervivientes -fuera de la provincia de Barcelona la represión fue menos intensa- nos reunimos para reconstruir los comités. Andrés Nin sustituyó a Evelio Boal en la Secretaría del Comité Nacional. Y el Comité Regional, que lo integraban Salvador Seguí, Juan Pey, Camilo Piñón, Salvador Quemades y Enrique Rueda, pasó a estar formado, en forma reducida, por Ramón Archs, Joaquín Ferrer (Barcelona) Francisco Isgleas (Gerona), Felipe Alaíz (Tarragona) y Joaquín  Maurín (Lérida).

El alma de la nueva dirección era Ramón Archs, que hacía de puente entre el Comité Nacional y el Regional. Fue él quien concibió y dirigió la estrategia antiterrorista, apuntando arriba, al Presidente del Consejo de Ministros, la momia Dato.

Edición digital de la Fundación Andreu Nin,  2005